CARTA TERCERA

Cartas de amor y desamor

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CARTA TERCERA

                                                                                          8 de julio de 2014

 Apreciada Margarita:
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¡Bendito sea el momento en que nos vimos cerca! Creí desde mi infancia que los sueños se volvían realidad luego de pedirlos más de un millón de veces. Así fue, de tanto suplicarlo, mi sueño de saberte lo he cumplido: eres, a mi parecer, tal y como te pensaba.
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Nuestras desconfianzas partieron después de platicarnos nuestras vidas, ¡te lo dije!  Con pregunta tras pregunta uno llega a conocer hasta los íntimos secretos de otra persona, por quien se tiene o no se tiene un vasto interés. Margarita, ahora duermo en calma, mirando fijamente en la pared, pero no de angustia o por otear sueños irreales, sino por el gusto de haberme visto junto a ti sentado, recordando todo de principio a fin.
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Me acerqué con denuedo y me asenté en el taburete. Al principio no lo niego, me titubearon los labios, y mis palabras, casi nulas, se escaparon en desorden e incoherencias, y aunque trababa de impedir mi desventura, no pude hasta que tú me hablaste con elogios e hiciste de mi voz un instrumento afinado, con todas sus vocales y sus cuerdas…Gracias, Margarita.
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Ningún moribundo es tan feliz como saber que su vida aún no termina, y que todo el dolor que ha sufrido antes de estar bajo tierra sólo fue el anuncio de que supo o no vivir, por lo que se engancha hoy a sus recuerdos. ¿Quién no merece padecer para valorar su vida en tales circunstancias? Mi mal de amor se disipó. Ahora visiono un idilio que entra a paso lento al fondo de mi alma, para quedarse mientras vivo.
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Así rondan mis recuerdos:

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Subió a la cima, al lomo del celaje,
mi súplica de amor porque te viera
en una tarde blanca como cera,
bajo de un árbol lleno de ramaje.
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Pasé, sin duda, un cálido paraje
donde tú, donde yo –visión severa-
dijimos nuestra vida verdadera
a cada esquina verde del paisaje.
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Tomé tu mano ya sobre mis manos
para sentirte cerca, cara a cara,
mirando con amor tus ojos sanos.
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¡Qué gusto! Supe luego que quería
una pasión sincera, fuerte, clara,
contigo para siempre cada día.

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Nunca imaginé que pasarían mis sueños a mi antojo, si es que me dura el gusto; no obstante, mientras los viva, arrebañaré cada segundo, cada hora, cada semana, cada mes, cada año, hasta que aproveche lo más que pueda de mi propia existencia.
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Dicen que los esfuerzos son en vano, sobre todo si con ellos se trata de alcanzar un anhelo inalcanzable, un afán sin esperanza o, bien, una ilusión poco factible. No me incumbe, Margarita, refutar lo que me imponen, pero asumo que todos los sueños son posibles, ¿pues si no son viables en esta realidad, acaso no lo son en nuestra mente? Las aspiraciones, sin importar de qué carácter sean, son veraces, únicas, poéticas… ¿Has luchado por un sueño, Margarita? ¿Has conseguido fácilmente lo que a menudo te propones? ¡Ojalá que sí!
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Posdata.
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Si mi deseo de amar y ser amado no es factible en estos suelos, porque lo impidan la gente, Dios y mi Destino, entonces yo tal vez lo escriba… ¿Formarías parte de mi idilio?

Con ilusión, Osfelip.

Cartas de osfelip
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